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Salón de la fama
Nació en la ciudad de New York, con descendencia inglesa por parte de ambos padres quienes se dedicaban al narcotrafico. Sus padres se vieron obligados a dejar Londres gracias a que sus cabezas tenían precio; ambos pensaron que en New York estarían a salvo , consiguieron nuevas y viejas amistades, se hicieron un lugar entre las mafias de la ciudad, hasta que un día, nueve años después sus enemigos finalmente los encontraron. Irrumpieron en la residencia de los Ripper y armaron un baño de sangre del que nadie salio vivo, nadie a excepción de Derek quien se mantuvo escondido mientras la ayuda llegaba. Antes de que se armara todo el escándalo por el baño de sangre, los hombres de un viejo amigo de los Ripper llegaron al lugar, rescataron a Derek y lo llevaron a Corvinus, un viejo mafioso retirado que a partir de ese momento se hizo cargo de Derek. Lo educo con métodos poco usuales, educación solo en casa, torturas, castigos, golpes que fueron llenando poco a poco el cuerpo de Derek con todas las cicatrices que tiene hoy en día bajo los tatuajes de su piel. Siempre vio a Corvinus como su segundo padre, pensando en que todo lo que le hacía era por su bien, nunca tomo rencor contra él. En el tiempo de su estadía con Corvinus conoció a Dimitri, él que se convertiría en su mejor amigo casi hermano y con quien años después, a la edad de 19 años se marcharía para probar fortuna por su propia cuenta, sin la ayuda de Corvinus. Fueron años los que le costaron para escalar escalón por escalón para llegar a la cima. Hizo cosas inhumanas para lograr sus objetivos, paso por encima de quien hiciera falta para conseguirse el respeto de sus enemigos y de todo aquel que siquiera escuchara su nombre y 5 años más tarde se convirtió en uno de los narcotraficantes más conocidos en New York y más buscados por la policía.
Líder Mafioso
Derek W. Ripper
Nació en California gracias a un accidente de una noche, motivo por el cual en su infancia se vio reflejado el poco apego por parte de sus padres, sobretodo por el lado de su progenitor. En la misma época, se vio desplazado por la presencia de su hermano menor que pareció ser la solución a todos los problemas que la familia presentaba. De tal manera, se crió casi por su cuenta de forma inestable, llegando a crear conceptos bastante errados y desconcertantes acerca de la vida misma. A los dieciocho años, abandonó su hogar para entregarse a las calles, donde se dedicó a vender droga para costearse la carrera de arquitectura en la universidad. A pesar de haberse graduado, nunca llegó a ejercer, pues durante el trayecto descubrió la gran pasión que sentía por la mezcla y las bebidas. Empezó específicamente a los veintitrés como conserje en un bar de mala muerte, lugar en el que se dedicó a observar la manera en la que los que atendían la barra se desplazaban para luego copiar sus movimientos en sus horas libres. Fue avanzando así hasta adquirir experiencia en el asunto y acabar recorriendo medio país con el único fin de ganar reconocimiento, acabando por ser el favorito de uno o más empresarios exitosos. A la edad de treinta y cinco, decidió establecerse en New York donde su carrera alcanzó el apogeo al ser ascendido a gerente del bar en el que trabajaba, obteniendo así la preferencia de las grandes estrellas de la ciudad y además, al ganar el World Class que lo coronó como el mejor barman del mundo.
Bartender World Class
Boris Dixon
Ivy Rose nació la noche caótica del fin de milenio en un hospital del Bronx, en una sala llena de gente, junto a una anciana que moría y de la cual, por un error, tomó su nombre. Nació adicta y su madre la abandonó ahí mismo. A los seis meses salió de rehabilitación por heroína solamente para ser encerrada de nuevo en uno de los tantos MAC de la ciudad de New York. A los ocho años forma parte de un programa de integración al arte, decantándose por el ballet, mismo que practica hasta ahora y para el cual tiene bastante habilidad. A los doce es adoptada por una pareja de artistas de éxito que la hacen conocer el mundo exterior, lo caótico y hermoso que puede ser, lo brutal también pues, después de adaptarse y amarlos, se lo arrebatan todo de golpe. Su madre adoptiva se suicida dos años después y su marido la sigue un año después. Ahí comienza la caída libre para Ivy quien a los quince era alcohólica y comenzaba con otro tipo de drogas; convencida de que su paso por el mundo sería breve, Ivy Rose comenzó a dar pasos gigantescos, comienza a querer vivir y experimentar de todo hasta que se da cuenta que no puede, porque algo dentro de ella se apagó cuando se dio la primera línea de coca y llegó a un hogar vacío. Es en ese mismo año que conoce a su mejor amigo con el que tendrá una experiencia demasiado grave la cual la hace reconsiderar un poco su vida, anesteciada de emociones, entra en rehabilitación, se llena de trabajos, retoma la escuela y conoce a Felicia. De marzo a mayo trabaja como Bella Durmiente, un servicio de chicas para hombres acaudalados en donde conoce a Nando Morelli, el hombre que le torcería la vida de nuevo al iniciar una relación por demás ílicita. Recae en las drogas y desciende más hacia el abismo hasta tomar una escala, un coma a causa de una sobredosis. Nando desaparece de su vida y ella sigue cayendo. Son los Peyton quienes colocan una red de contención y la detienen adoptándola al conocer su historia, es con ellos con quienes conoce lo que es tener una familia y una vida digna. Morelli reaparece en su vida, limpio y amándola y es él la parte más rota de su vida por la cual entra más luz a su interior. Después de caer por fin en el abismo y darse cuenta que lo que había ahí abajo era ella misma en su total realidad, Ivy Rose decidió comenzar a subir, paso a paso, tomando la mano de los que la rodean y quieren verla bien, de los que la apoyan. Una oportunidad única en la vida llega gracias a alguien que ella desconoce y su rumbo toma otra dirección, lejos de la ciudad, tomando un lugar por el cual, siempre en su vida, tendrá que luchar con uñas y dientes por mantener. Ha fijado residencia en Covent Garden, Londres, viajando a New York cuando puede, aunque no sean muchas ocasiones porque tiene demasiadas cosas que hacer, Academia, colegio, pareja, mantener la popularidad que gracias a su personalidad y escándalos (su relación ilícita, aunque legal en Londres, ahora es pública) ha obtenido… Intentando salvarse de ella misma cada día, pero intentando sobrellevarlo todo con una enorme sonrisa y con el orgullo y la arrogancia que la caracteriza.
High School Queen
Ivy Rose Hathaway
Nacido en Queens, Nueva York de madre inmigrante. Lo poco que Lucas ha conocido de su verdadera madre es que era mexicana y que murió al darle a luz, muchos rumores sobre su madre biológica le han confirmado que probablemente su padre era un mafioso muy influyente, sin embargo esos rumores nunca fueron confirmados y después de todo eso fueron. Adoptado por una pareja que jamás tuvo la dicha de formar su propia familia, sin embargo al ver al pequeño bebé de inmediato comenzaron los trámites para adoptarlo y terminaron por ponerle Lucas Earle. Su padre un policía de Queens le enseñó cada una de las cosas que hoy en día aplica. Cuando aplicó a la academia, pronto destacó entre sus demás compañeros, sus jefes pronto notaron que aquel joven tenía una vocación que una profesión de ser policía, lo recomendaron para que fuera a la Interpol en Londres donde pasó un tiempo y de inmediato fue asignado a Nueva York como policía encubierto, pronto conoció a la que se convertiría en una de sus mejores amigas y madre de sus hijos. El tiempo con la Interpol término cuando la CIA comenzó a ofrecerle un puesto como agente, pero Lucas decidió rechazarlo. No fue que hace dos meses que estuvo como agente de la CIA y después de terminar un caso enorme de trata de personas con toda su red, sufrió un accidente que dañó parte de su cerebro, actualmente rige como Jefe de Fuerzas Tácticas, puesto que sus amigos y compañeros no dudaron en recomendarlo por su enorme esfuerzo y porque realmente es un policía de campo con ese toque de saber cómo piensa una mente criminal.
Jefe de Fuerzas Tácticas de la CIA
Lucas Earle
Nació una tarde de Agosto en Seattle. Hija del dueño de una fábrica de vidrios y una abogada fue la adoración. Segunda y última hija del complicado matrimonio Peyton, fue la bebe que se suponía salvaría el matrimonio pero no pudo ser, las disputas ganaron la batalla a la familia y terminaron divorciándose cuando Isabella no cumplía un año de nacida. Ambas niñas se fueron con su madre quien dejo su crianza en mano de sus abuelos por lo que ambas fueron enseñadas con los mismos principios con los que sus abuelos criaron a sus hijos. Isabella siempre hablaba y pedía tener acercamientos con su padre quien las visitaba pocas veces en Seattle, aun así en ella nació una afición por el vidrio que pronto le terminaría haciendo descubrir el arte en él. A medida que fueron creciendo Lucy se alejaba más de Isabella quien siempre quedaba detrás gracias a su edad, para cuando Lucy cumplió dieciocho años ya no estaba presente en la vida de su hermana menor quien con trece años quedo a la merced de los juegos de sus primos menores. A pesar de que el malestar por la actitud de Lucy la afligía su adolescencia no estuvo llena de únicamente momentos tristes, sus primos le enseñaron a adorar aquellas costumbres de la ciudad que finalmente despertaron su interés, los próximos años los paso entre juegos de fútbol americano, reuniones con sus amigos de escuela y el estudio del vidrio y los grandes murales que llenaban de colores las iglesias y daban al sol una bienvenida feliz todo los días. Su padre comenzó a mostrar más interés por acercarse cuando Isabella tenía 15 años, la joven no puso contras al interés de su padre, ella quería estar presente en la fabricación del vidrio desde cerca, quería convertirse en una artista que pudiese moldear figuras fantásticas y brillantes, por ese motivo acepto que su padre la llevara de paseo a Nueva York de vez en cuando donde paso muchas horas en su fábrica, aprendió a calentar vidrio y darle formas, a tallarlo y pintarlo, su padre dio riendas sueltas y fueron los años más maravillosos de su vida. Entre aviones y viajes llego a la universidad de Boston donde estudio Artes modernas. Con 23 años tenía una carrera prometedora, por lo que se mudó a Nueva York donde con ayuda de su padre comenzaría a dibujar el nuevo destino como artista dejando a un lado cualquier sentimiento que le hiciera sentir culpable de nuevo. En La ciudad del pecado conoció a su mejor amigo quien más adelante se convertiría en el padre de sus dos hijas. Después de haber tenido en mente una colección formada por cuadros cuya pintura se vería mezclada con pedazos de vidrios de colores, se atrevió a realizarla y enviarla a Italia para que fuese publicada en una galería en crecimiento que celebró una gala para críticos exigentes. Sus cuadros fueron un éxito total. Uno de ellos se comenzó a exhibir en una famosa galería donde solo los grandes artistas exponen sus obras. Después de ese día Isabella fue reconocida por periódicos locales Como una gran artista en el arte del vidrio y se hizo famosa a nivel mundial. Sus cuadros ahora son valorados por grandes cantidades de dinero y tiene muchos pedidos de clientes exigentes y conocedores.
Artista Vidriera
Isabella Peyton
Un 18 de Octubre de 1990 nacería una rubia dispuesta a comerse el mundo. Elisabeth Angelica Maier se trataba de la hija de Michael Maier y Arabella Leisser. Ambos que se conocieron en Harvard, su padre dejó el mundo militar para acabar derecho allí mientras que su madre, proveniente además de Ámsterdam, intentaba sacar adelante la carrera de empresariales pagándose los estudios trabajando como camarera en el propio recinto universitario. Hay personas que no creen en el amo a primera vista, pero lo que ellos tuvieron fue prácticamente un flechazo. A los 25 se casarían y enseguida tendrían a su encantadora hija. Elisabeth era especial, su abuelo paterno lo sabía ya que tenía un magnetismo completamente distinto al de sus demás nietos. Criada en el propio territorio paterno, no era raro que la muchacha empezase a alimentarse del ambiente jurídico, a fin de cuentas los Maier eran famosos por eso. A medida que los años pasaban ella seguía interesándose por ese mundo, y además intentaba paliar cualquier grado de controversia experimentado en su círculo familiar. Sus padres no dejaban de pelearse, vivía un puro drama aquella rubia aniñada. A los 10, se divorciarían. Entre la poca comunicación que existía entre sus padres, y que a ella le mandaban de un lugar a otro para tenerla lejos de ese conflicto... Ella acababa hartándose. A Elisabeth le gustaba estar con sus primos y sus abuelos, pero evitaba en cualquier situación encontrarse con los otros dos. Los años no tardaron en pasar y a pesar de que en su vida emocional hubiese pasado un bache como el de Jakob Hoffman, sintió la necesidad de cortar raíces e ir a la misma Universidad que la de toda la familia Maier, a estudiar lo que le gustaba; El Derecho. Tenía pensado acabar aquella carrera y una vez así entrar en el bufete de su abuelo, no tardó demasiado en acabar y así hacerlo. Empezó a hacerse un nombre en el propio bufete, subiendo escalafón y a raíz de pelearse con unos y con otros llegó a dónde quería. Deseaba poder ser una digna sucesora de su abuelo y así hacerse con la empresa. Tenía todo en mente, pero por su vida se cruzaron un par de ''obstáculos'' que no podía dejar de lado. Se casó con el que creía ser el hombre de su vida, creyó estar embarazada de él y justo después de descubrir todas las mentiras que le había estado diciendo, se divorció y se encontró con que no era el padre de sus actuales retoñas. Al parecer este bombo sorpresa vino de regalo por un encuentro que tuvo con el que ha considerado -y sigue considerando- su mejor amigo, y actual pareja, Boris Dixon. Su vida sentimental parecía mejorar, y hasta la de sus padres que volvían a las andadas con encuentros sexuales muy de la época de los setenta. Pero su vida no se vio completa hasta que por fin, el mismo día de sus veintiséis cumpleaños su abuelo y su padre le regalasen la meta que siempre había ansiado; Ser la dueña del bufete. Madre de gemelas, dueña de cuatro perros, novia de lo más encantadora y ahora, jefa de su propio mundo. ¿Se podría pedir algo más?.
New York's Drama Queen
Elisabeth A. Maier
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Ξ Recuerda que saludar a los demás en la CB es parte de una convivencia más agradable y llevadera.

Ξ Avatar: 220x400 / Firma: 500x250

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Mensaje por Travis W. Faulkner el Vie Ene 06, 2017 4:18 am
Ya se encontraba lo suficientemente descansado como para ir al estudio a grabar un par de cosas. Estar de vuelta en su ciudad era una inyección de energía para él, y eso se veía reflejado en cómo saludó a la recepcionista, las personas que iban con él en el ascensor e incluso a los sonidistas que se encontraban viajando de un pasillo a otro, atareados con canciones de otros artistas, ya que siempre tenían fechas determinadas de entrega. Aquellos que creían que la música sólo por ser una cara más de las artes debía ser libre de horarios y responsabilidades, estaban muy equivocados, sobre todo si la metías dentro de esa fábrica tan defectuosa. No podía negar que Big Machine Records lo había tratado bien desde el momento que abrieron sus puertas para que él pudiera dar rienda suelta a la mayoría de versos que se le ocurrían, pero sentir que lo que más amaba se había vuelto parte de su rutina, un trámite más que cumplir, un problema más por resolver.

Para variar, su productor se había quedado dormido. Le mandó un mensaje diciéndole que llegaría con una hora de atraso, porque además había atochamiento en una de las calles principales, pero que podía pedir las llaves de la sala en recepción. Bufó y así lo hizo, y tras haber bajado nuevamente todos los pisos y recogerlas, le pareció haber visto a alguien que conocía pasando directo al estudio. Y se sintió trasladado por un flashazo a una de las pocas alfombras rojas a las que había sido invitado.

—Cuéntanos, Travis. ¿Tienes a algún celebrity crush ahora mismo?
—No lo sé, yo...
—Vimos que twiteaste algo sobre Isabelle Preskot. ¿Es ella?
—Creo que ese no es un tema qu-
—"Su voz es increíble. Te traslada a varios y a ningún lugar a la vez". ¡Vaya! Parece que sí es cierto...

Carraspeó, levemente abrumado por ese recuerdo, y se dispuso a avanzar. Durante unos segundos se preguntó si ella sabía de su existencia. De todas formas, él aún no era una super estrella, ni tampoco buscaba eso. Se sentía bien con un público de cien personas por concierto, eso creaba una atmósfera más intima entre él y sus espectadores. Sin embargo, en el instante en el que abría el cubículo destinado para la grabación de sus nuevos temas, pensó en que deseó haber sido un poco más conocido sólo para que ella notara su existencia. Y precisamente por estar pensando en eso, dejó la puerta abierta, descuidando el hecho de que alguien pudiera entrar e interrumpirlo en pleno proceso creativo.

Fue directo a la sección de los teclados, en donde, tras encender la maquinaria, se puso a jugar con los sintetizadores hasta dar con un efecto electrónico adecuado para la base rítmica. Tras eso, buscó un nuevo efecto electrónico y puso unos acordes encima, y tras tener una base, comenzó a rapear una de las tantas letras que tenía pensadas. Buscando acostumbrarse, dejó la melodía en modo repetición para acostumbrarse, y se separó del instrumento musical, paseándose por toda la sala con sus manos sobre la nuca. Gruñó por lo bajo cuando sintió que un acorde estaba fuera de lugar, y justo cuando estaba colocando uno nuevo sobre la base, vio a esa misma persona parada en el marco de la puerta.

Hey, ¡Hola! — apoyó su codo en la primera superficie que encontró, tratando de parecer casual, pero resultó ser las teclas del piano, cosa que dio como producto unos sonidos que sonaban como cualquier cosa, menos armonioso. — Mierda... Lo siento por eso. — salió de ahí y se acercó un par de pasos más. — Hola. — repitió, dirigiendo su mirada hacia abajo, ya que ella medía bastante menos. Pero eso no quitaba que sintiera el corazón latiendo en su garganta, o las manos sudando. Llevó una palma a su frente, cubriendo sus ojos, para evitar el contacto visual por un momento. Así frenaría los nervios y demostraría, al mismo tiempo, su vergüenza. — Soy un tonto. Mi nombre es Travis. — le extendió la mano libre.
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Mensaje por Isabelle C. Preskot el Sáb Ene 07, 2017 3:11 am
Últimamente la vida para Isabelle Preskot era un constante sube y baja de emociones: Lo de Ryan, lo de Evan, entrevistas, firmas de autógrafos, el descanso, la gira y hasta la muerte de sus gatos le había afectado. Para completar el rompecabezas, su disquera “Sony Music Entertainment” le estaba trayendo demasiados problemas por falta de profesionalismo y ella definitivamente no estaba dispuesta a tener un inconveniente más para su lista, no había espacio en su mente para tanto. No estaba cerrada a grabar algo con otras disqueras a ver que salía antes de que se le acabara el contrato con Sony, una de sus opciones era “Big Machine Records” que sin duda alguna era una de las mejores en la industria aparte de claro, Universal music y en la que estaba actualmente y que, poco a poco iba decayendo en calidad: SME.  

Esa mañana había sido caótica. Luego de seguir su rutina irrompible de las mañanas, se arregló con unos jeans ajustados y unos zapatos cómodos, su cabellera suelta y una blusa más o menos holgada manga larga, sería un día de mucho caminar y bastantes diligencias. Su chofer la dejó en la puerta de la disquera a eso de las ocho de la mañana y antes de bajarse se arregló un poco el maquillaje en el espejo —Deséame suerte, Carl. Y dile a Omar que se tome el día, estaré aquí bastante rato —Juguetona, despeinó el cabello del chofer y bajó del auto prácticamente corriendo hacia la entrada, pero como toda una profesional que era, al pasar la puerta de vidrio, cambió la forma de caminar a una más sofisticada y relajada, aunque con un contoneo de caderas que ya era propio en ella.

Se acercó a la recepción y una chica con una enorme sonrisa la recibió encantada —Hola, soy Isabelle tengo cita para hablar con el señor Richman ¿Tiene tiempo ahora o no ha llegado? —La señorita le indicó que aún no llegaba, pero que podía pasar sin problemas al estudio y eso hizo, pero cuando iba a pasar la puerta escuchó un ritmo algo electrónico y bastante bueno, supuso que ya alguien le había quitado el puesto y sólo se quedó ahí a esperar a que el chico terminara su ensayo o lo que fuera que estaba haciendo, procurando no hacer nada de ruido para no desconcentrarlo. Por suerte no fue ella la que lo hizo.

Antes de emitir palabra alguna saludó con su mano riéndose por lo bajo por tanta torpeza junta. No sabía si él era así o era ella la que estaba ocasionando eso en el —Hola, soy Isabelle Preskot —Se presentó, aunque era claro que el la conocía —¿Por qué te tapas el rostro, soy tan fea? —Alzó una ceja estrechando la mano del más alto con suma suavidad y ternura. Luego de unos segundos lo soltó. —Eres bueno rapeando, deberíamos hacer un dueto alguna vez. Digo, si quieres. Si es tu estilo esto de la música pop —Se señaló a sí misma como si realmente ella fuera ese género del que estaba hablando.

Había perdido la vergüenza a hablar con eso de las presentaciones en vivo y todo lo que una cantante famosa debía hacer, sin embargo, a veces hablar con chicos la ponía nerviosa, era el caso. No se le notaba tanto como a él, pero si tenía un poco de nervios. No sabía si era porque el era super alto y estaba totalmente tatuado y con pinta de niño malo, o porque era guapo y al parecer ella lo estaba poniendo a él nervioso también. —¿Eres así siempre? —No quería ofenderlo así que se rió para que el pudiera notar que se tratara de una broma.
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Mensaje por Travis W. Faulkner el Sáb Ene 07, 2017 4:02 pm
Asintió lentamente con la cabeza cuando escuchó eso. — Sí, lo sé. Escuché tu último disco. Es muy bueno. Aún no entiendo cómo no tuvo muchas más ventas. Es un gusto conocerte por fin. — halagó, sin mencionar por detrás esa vez en que la mencionó por Twitter debido a su voz. Nunca respondió, y supuso que era porque él fue sólo una de las miles y miles de notificaciones que le llegaban todos los días. Por desgracia nunca alcanzaron a coincidir en premiaciones o alfombras rojas, y es que se hacía bastante difícil, sobre todo por el hecho de que ambos se dedicaban a géneros musicales muy distintos. Estaba seguro de que las fans de la chica no pasaban de los quince años, mientras que por su parte atraía a fanáticos con otra forma de vestir y de expresarse. Soltó una carcajada cuando escuchó ese comentario. Atrapó su mano, bastante pequeña en comparación con la propia, entre las suyas, obligando a bajar la que tenía en el rostro.  — ¡No! No, nada de eso. — estuvo apunto de decirle que era todo lo contrario, pero reconsideró sus opciones, y se dijo a sí mismo que no era una decisión muy acertada. Tal vez podía reaccionar mal frente al piropo. De todas formas, sólo la conocía de vista, y sí: Le parecía talentosa, y ridículamente guapa, pero no la conocía personalmente. Al menos, no hasta ese entonces.

Aprecio mucho eso, Isabelle. Hago lo mejor que puedo. — Se encogió de hombros. Para él era totalmente normal, y de hecho, creía que habían raperos mucho mejores que él. Sólo era alguien que había tenido suerte.  — Tú no te quedas atrás. Tu voz es... — llevó una mano a su propio brazo e hizo el gesto de temblar, para dar la sensación de piel de gallina recorriéndolo.  — Me da escalofríos. Porque es buena. No porque sea mala. Porque si fuera mala, me haría sangrar los oídos. Y ese no es el caso. — añadió frase tras frase, de manera presurosa. Los nervios aún no se habían ido, y no sería así hasta que se acostumbrara a su presencia en la misma habitación.

Sus ojos se abrieron de par en par frente a la idea sugerida de colaborar entre ambos. No era algo extraño, de hecho, en la industria sucedía mucho: Una artista pop aliándose con un rapero para crear un éxito del año vigente. — ¡Claro que sí! Si de mi dependiera, yo firmo todo. — rió. Sabía que era una ocurrencia buena, pero no podían hacer vista gorda a todos los papeleos en el ámbito empresarial que eso implicaba. Registrar la canción, ver si las disqueras para las que trabajaban ambos estimaban conveniente una canción que los involucrara a los dos. Negó con la cabeza y apagó el sintetizador en donde estaba trabajando, no sin antes haberse asegurado que la composición quedara guardada ahí. — Juro que no soy así siempre. Hoy, estoy particularmente nervioso. — hizo énfasis en la última palabra, mirándola fijamente. Luego soltó una carcajada, precisamente por las ansias que no se disipaban todavía, y se acercó al piano de cola que estaba dentro de la misma habitación.

Tocó un par de acordes, y luego dejó que sus dedos viajaran libremente por las teclas, procurando apoyarse de los pedales que estaban abajo. Solía pasar tanto tiempo en esa habitación de paredes oscuras, que se olvidaba de lo grande que era, y de todos los instrumentos que habían ahí. Años atrás hacía su música con el estudio casero que él mismo había armado en su cuarto, y en un abrir y cerrar de ojos se encontraba ahí. Con muchas más opciones. Y con una chance de colaborar con una de las artistas  que más respetaba. Notó que la butaca en donde estaba sentado tenía espacio suficiente como para que ella se sentara al lado, así que se movió para darle espacio. Dejó de tocar para palmear el lugar vacío, invitándola. — ¿Sabes tocar? —inquirió. Luego frunció el ceño al percatarse de un detalle. — Oye, ¿tú no estabas trabajando con Sony? ¿Qué te trae por aquí? — dijo, y luego volvió sus manos al piano, para seguir improvisando en la misma escala.
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Mensaje por Isabelle C. Preskot el Sáb Ene 14, 2017 12:18 am
Él era muy dulce, y lo torpe que era por culpa de los nervios la enternecía aún más ¿Cómo era que podía poner a alguien así de bobo? Recordaba cuando no era nadie y no era reconocida ni en su vecindario. Era muy loco sólo pensar que ahora todos se morían por conocerla y tener al menos un abrazo suyo, que hasta había famosos que matarían por tenerla cerca o como el, que se ponían nerviosos al conocerla. Ella podía asegurar que jamás se había imaginado estar así, ser así de famosa y poder hacer todo lo que tanto había soñado. Estaba asombrada por su propio esfuerzo por ser lo que era ahora.

Le hacía gracia como explicaba la sensación que le hacía sentir su música, pero no rió demasiado alto para que no pareciera que se burlaba, a veces las personas interpretaban mal la risa. —Gracias, ya entendí Travis. —Le dijo para que no siguiera esforzándose en explicar algo que era obvio. Los nervios a veces ponían a así a las personas, Isa lo sabía perfectamente. Ella era así o más torpe cuando estaba nerviosa. Recordaba una vez que terminó llena de chocolate frente al chico que le gustaba en la escuela. Se rió por lo bajo por sus propios pensamientos.

No era muy conversadora cuando conocía a alguien recientemente, prefería guardar eso para cuando ya se tenían confianza porque solían decirle que era super parlanchina y preguntona, así que sólo se limitó a sonreírle ampliamente y seguirlo con la mirada. —¿Entonces te pongo nervioso? —Preguntó con un tono de voz bastante bromista pero suave para no intimidarlo. Cuando se alejó, iba a ir a sentarse a una de las sillas de la sala de espera, pero en cuanto escuchó las hermosas notas que el tocaba en el piano de cola que, por cierto, sonaba precioso, se detuvo a escuchar. En cuanto él le ofreció que se sentara junto a ella, sonrió y se acercó hacia el tomando asiento justo a su lado. —No, no toco piano… Mi instrumento es la voz nada más —Rió por lo bajo —Eres fantástico, tocas muy bien —Alzó la vista para encontrarse con los ojos del chico y negó, girando los ojos en cuanto nombró a la disquera —Quiero ampliar mis horizontes —Resumió la historia en esa sola frase, encogiéndose luego de hombros para observar ahora las manos del contrario que al parecer hacían milagros con ese piano maravilloso. —Serás un cantante muy famoso algún día, uno de los mejores. ¿Rapearías para mí? Digo… Cuando hagamos la canción debes rapear para mí pero… Algo inspirado en mi —Le explicó jugando con sus manos un poco nerviosa ante su reacción a la pregunta.

Al parecer el hombre que ambos esperaban no llegaría, así que se relajó totalmente y, resignada, suspiró —Al parecer nos quedamos esperando ¿No prefieres ir conmigo a tomar un café? —Se encogió de hombros, le parecía más conveniente irse a seguir esperando ahí a que llegara alguien que al parecer no valoraba su trabajo y no entendía lo importante que era para la vida de una persona famosa. Le parecía falta de profesionalismo en todos los sentidos. Quizás a él no, porque no conocía a otros productores.
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Mensaje por Travis W. Faulkner el Sáb Ene 14, 2017 9:41 pm
Negó con la cabeza sonriendo frente a su comentario, y se lamentó de haber actuado así. Sabía fingir y enmascarar diversas emociones, pero el nerviosismo no era una de ellas. Así fue como tuvo que respirar hondo y buscar otra manera de calmarse, porque eso de seguir pensando en que era bastante guapa no lo ayudaba para nada. ¡Por favor, el era Travis Faulkner! Le llegaban ofertas para enrollarse seguido, y podía tener a la chica que quisiera. Era así de sencillo. Sin embargo, cuando entró en la nueva disquera le había prometido a la hermana de Grayson que procuraría cuidar su imagen personal, y eso había tratado de hacer. Los encuentros casuales habían dejado de ser un pasatiempo del rubio, pero eso no quitaba que aún deseaba hacerlo. Y así se mantendría. Tuvo que escoger entre su trabajo y los deseos personales, y ya se había decantado por la primera opción. Rapear era lo que sabía hacer mejor. No se veía en otro lado ni con otras personas. — Siéntete privilegiada. No cualquier chica me pone nervioso. — espetó, usando el mismo tono arrogante que usaba en las entrevistas. Al menos, así le habían enseñado en su disquera anterior. Mostrarse orgulloso de ser quien era. Creer que estaba en la mismísima cima del mundo entero, aún cuando no era así.

Poner los dedos sobre las teclas le ayudó a canalizar toda la inseguridad que sentía, botándola, dejándola de lado. Así era la relación que tenía con la música. Laboral, pero al mismo tiempo, sanadora y terapéutica. — Con una voz como la tuya, no hay necesidad de aprender a tocar instrumentos. En cambio, los que no cantamos tan bien, debemos complementar nuestras habilidades musicales con el piano, o la guitarra, o lo que sea. — pausó un segundo para establecer contacto visual con ella nuevamente, sonriéndole. Ya no existía rastro de temor en él, porque estaba haciendo algo que lo calmaba. Se sentía como una persona normal, tocando para una persona normal. — Gracias, lo sé. Durante mis años de primaria tenía una profesora de música que se fijó en mis manos. Y me dijo que tenía dedos de pianista. No es tanto mi estilo, pero me ayuda a componer, y bastante. — le contó, volviendo a improvisar, ahora en una escala mayor, acción que creaba una atmósfera más cálida en la habitación. — Bueno, bienvenida a BMR. Hiciste bien en venir aquí. Ellos me abrieron la puerta cuando mi disquera anterior me la cerró en la cara. — alzó ambas cejas y bufó, recordando la escena, pero la apartó de inmediato en su mente.  Volvió a reír con su petición y la miró de reojo. Parecía de aquellas chicas que se complacían facilmente con un par de palabras suaves y dulces, pero negó con la cabeza. — Oh, no. Nada de eso. Yo sólo improviso sobre prostitutas, marihuana y balaceras. Y de temas sociales. Pero no de chicas guapas. — mintió, porque apenas la morena se lo había pedido, ya se habían formulado un par de rimas en su cabeza para ella, pero sus letras eran íntimas, no se las podía mostrar a alguien con quien no tenía una conexión emocional lo suficientemente profunda. Puso una mano sobre las suyas, que jugaban entre ellas, nerviosas, y estalló en risas nuevamente. — Sólo bromeo. Cuando llegue el día, tendrás tu improvisación completa. — le prometió.

Vaya que sí. Rick puede ser un idiota a veces. Pero da igual, me he acostumbrado. Mi otro productor también llegaba tarde, mientras avisen, está todo bien. — miró hacia atrás para ver si por casualidad el calvo había entrado, pero no fue así. — Estaría encantado. — se incorporó y abrió la puerta, procurando dejar todo apagado antes de salir. — Vamos. Conozco un Starbucks que queda a sólo un par de cuadras de aquí, de seguro lo viste mientras venías en camino, ¿no? — le informó, mientras avanzaba hacia el pasillo. Prefería salir y conocerla más; no estaba dispuesto a perderse una oportunidad futura de ser más cercano a la chica.
Travis W. Faulkner
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